lunes, 4 de junio de 2007

Rima

La tempranera gota de rocío

que cae y por el pétalo, resbala,

de una intrépida y bella rosa blanca

envidia a la lágrima de tu rostro.


Ni de una noche clara, estival cielo,

donde estrellas y luna resplandecen,

el más mínimo halago merece

al ver tu mirada de terciopelo.


Ni el bello traje de escamas brillantes

del más puro mar, del pez plateado,

que ensombrece la luz de muchos faros,

frente a tus ojos no aguanta un instante.


Ni el más bonito cuadro, que se guarda

en la mejor galería, del maestro

pintor renacentista, pensó

empatar en hermosura a tu cara.


Ni la más acalorada querella,

entre don Góngora y el señor Quevedo,

puede mantener digno y fugaz pleito

con la ironía sutil de tus verbas.


Y espero que después de este poema

entiendas que eres maravillosa y única

y que no te gana mujer ninguna,

ni en personalidad, nunca en belleza.

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