La tempranera gota de rocío
que cae y por el pétalo, resbala,
de una intrépida y bella rosa blanca
envidia a la lágrima de tu rostro.
Ni de una noche clara, estival cielo,
donde estrellas y luna resplandecen,
el más mínimo halago merece
al ver tu mirada de terciopelo.
Ni el bello traje de escamas brillantes
del más puro mar, del pez plateado,
que ensombrece la luz de muchos faros,
frente a tus ojos no aguanta un instante.
Ni el más bonito cuadro, que se guarda
en la mejor galería, del maestro
pintor renacentista, pensó
empatar en hermosura a tu cara.
Ni la más acalorada querella,
entre don Góngora y el señor Quevedo,
puede mantener digno y fugaz pleito
con la ironía sutil de tus verbas.
Y espero que después de este poema
entiendas que eres maravillosa y única
y que no te gana mujer ninguna,
ni en personalidad, nunca en belleza.
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